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Pequeños soñadores

29 dic. 2011

Querido papel en blanco.
Querría mostrarte lo mucho que te aprecio.
Durante mucho tiempo has sabido cuidar de la gente. No te ha hecho más falta que tinta y imaginación para darle color a mi vida y a las personas que te poseen.
Desde que nací me contaron historias de tres cerditos que se encontraban con un lobo,  más tarde leí en ti cuentos de princesas que alimentaron mis sueños, y cuando supe escribir bien del todo, dibujé letras formando una carta que se destinaba a algún miembro de la familia que añoraba, o enterré allí mis sentimientos hasta que algún día me dio por leerlos.

Gracias por hacerme sentir importante el día de mi cumpleaños leyéndote en forma de  cartas que venían de muy lejos, con todo el cariño de la gente a la que quiero. Gracias también  por darme la oportunidad de leer el libro de “Crepúsculo” antes que en el cine lo estropeara.

Con el tiempo he aprendido que cada palabra vale más en conjunto que la suma de las partes de un texto,  y que los escritores de verdad  no escriben con las manos, sino con el corazón.
Gracias por enseñarme el mundo que se esconde tras un papel  y líneas de tinta, un mundo que por fuera es tan pequeño y por dentro tan grande.
Te agradezco también haberme enseñado que un libro te acompaña durante un viaje sin quejarse, haciéndote sentir cómo en casa, y que un  libro te enseña  todo sin darle nada a cambio.
Así que aprendí que un libro nace cuando tus ojos leen lo que lleva dentro y  tu corazón absorbe su esencia, y muere cuando terminas de  entender que no lo necesitas más.

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